EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES
ESPECIAL PARA LG DEPORTIVA
Chapecoense puede caer hoy a la segunda división del fútbol de Brasil. Pero sabe, por experiencia propia, que el descenso no es un drama. Que drama es otra cosa. Tiene que ganarle al histórico San Pablo, en el Arena Condá, el mismo estadio en el que hace solo dos años lloró el entierro de casi todo su plantel, parte de los 71 muertos del avión que cayó en las montañas de Medellín cuando el club estaba a punto de afrontar el partido más importante de su historia: la ida de la final de la Copa Sudamericana ante el colombiano Atlético Nacional. Imposible olvidar la noche del 28 de noviembre de 2016, cuando la Conmebol de la era posFIFAgate, la nueva Conmebol del paraguayo Alejandro Domínguez, creía que nunca una final de uno de sus torneos quedaría sin poder jugarse.
Una tragedia
En 2014, “Chape” vivía un ascenso meteórico desde su aparición en la Primera de Brasil. El avión de la compañía boliviana LaMia se estrelló a las 22.15 contra el cerro Gordo, a escasos kilómetros de la pista de aterrizaje del aeropuerto José María Córdova, en las afueras de Medellín. Murieron 71 personas, casi todos miembros de la delegación de Chapecoense: entre ellos, 19 jugadores, 14 integrantes de la Comisión Técnica y nueve dirigentes. Era un equipo humilde, inevitablemente colectivo, para cubrir su falta de estrellas. Debido a ello, la solidaridad fue inmediata. La primera y la más importante fue la de Atlético Nacional. El equipo colombiano que la historia recuerda ligado a los dineros narcos de Pablo Escobar, cuando Medellín sufría hasta 6.000 homicidios anuales, escribió su página más bonita. Le dijo a la Conmebol que no quería la Copa y que el trofeo, a modo de homenaje, debía ser concedido a Chapecoense, como finalmente sucedió.
Velas y remeras blancas
Unos 100.000 hinchas colombianos desbordaron el Atanasio Girardot de Medellín la noche en que estaba previsto el partido. Fueron con velas y camisetas blancas. En Brasil, los equipos más poderosos solicitaron que no haya descenso inmediato hasta que Chape -que una década atrás jugaba en cuarta división, no tenía cancha y vendía rifas en sus primeros años para pagar salarios- tuviese tiempo para rearmarse. La despedida final en el Arena Condá sucedió en medio de un barrial por la lluvia. Domínguez estaba acompañado de Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Se leyó un mensaje del Papa. Todos con la camiseta verde del equipo, inclusive el alcalde de Chapecó, ciudad catarinense de 200.000 habitantes. El “Fuerza Chape” lució en los estadios de todo el mundo. Dos años después, la situación es otra.
LaMia, la compañía boliviana que se jactaba de ser “la trasportadora oficial de la Copa Sudamericana”, está quebrada. Una investigación de la Aeronáutica Civil de Colombia detalló la cadena de irregularidades del aquel vuelo, incluida la decisión del piloto de no abastecerse de combustible entre Santa Cruz (Bolivia) y Medellín (Colombia). “Pero el accidente comenzó mucho antes de que el avión se cayera”, dijo en estos días Fabianne Belle, presidenta de la Asociación de Familiares y Amigos de las Víctimas del Vuelo de Chapecoense, viuda de Cezinha, fisiólogo del equipo. “Fue una cadena de negligencias de las aviaciones civiles de Brasil, Colombia y Bolivia. Si el accidente hubiese ocurrido con la selección argentina y se moría (Lionel) Messi, ¿las familias estaríamos siendo tratadas del mismo modo?”. Fabianne lo dijo porque, efectivamente, la selección blanquiceleste había viajado con esa misma compañía dos semanas antes de la tragedia. Muchas familias, las que pudieron resistir la debacle de sus economías, se niegan a aceptar la indemnización de U$S 225.000 por víctima, ofrecidos por la aseguradora de LaMia.
Promesas incumplidas
El diario El Colombiano de Medellín reveló que el monumento prometido por el municipio de La Unión, en cuya jurisdicción está el cerro del accidente, no se construyó, al parecer por disputas políticas. El museo con los objetos que se recogieron en el siniestro quebró por falta de dinero y todo lo que se exhibía se redujo a un cuarto en la trastienda de un café en La Unión. Entre los sobrevivientes está el arquero Jackson Follman, que reaprendió a caminar tras perder una pierna: abrió una clínica de rehabilitación en Chapecó y es embajador del club. Chapecoense pareció recuperarse mucho antes de lo previsto, al punto que en 2017 se mantuvo en la élite y jugó la Libertadores, con el símbolo del lateral Alan Ruschel, uno de los seis sobrevivientes, que volvió a jugar ocho meses después (Helio Neto buscará hacerlo en 2019). Otro sobreviviente, el periodista Rafael Henzel, también volvió a viajar con el equipo. Como muchos, estará trabajando hoy, haciendo fuerza para evitar el descenso, en una ciudad que está pintando sus calles de blanco y verde, señal de apoyo. Mientras Chapecoense lucha, la Conmebol de Domínguez afronta desde hace días otra final polémica. El Superclásico que, por vergüenza argentina, no tuvo mejor idea que mudar al Santiago Bernabéu, de Real Madrid, para que se abra un nuevo negocio con boletos de avión que triplican sus precios y reventa, ahora en euros. Es todo una vergüenza sí. Pero no un drama. Drama es otra cosa. Chapecoense lo sabe.